^No ignoro que el recurso de beber para huir es un viejo truco pero ¿conoces tú alguno más eficaz para escapar de tí mismo? Una copa acartona el recuerdo, pero, al propio tiempo, convierte la onerosa gravedad de tu cuerpo en una suerte de porosidad flotante […] Esta forma de energía suele identificarse con la alegría, aunque, por supuesto, no es la alegría. Pero mi ingenio, si alguna vez existió, se ha agotado; ya lo estás viendo: no soy capaz de embadurnar un lienzo, ni siquiera de sostener un pincel en la mano^
Señora de rojo sobre fondo gris..
Miguel Delibes
(( el crepúsculo corre borrando estatuas ))
El martes Juan José Millás asistió a un encuentro con sus lectores en Madrid. Yo me enteré gracias a una amiga y al final bien acompañada fuí al que sería mi segundo encuentro con mi escritor favorito.
Los dos encuentros fueron muy distintos entre sí. El primero fue en Santander, en la Universidad Menéndez Pelayo, en verano,de día, al lado de la playa y a las ocho de la tarde. Este último fue en Madrid, cuando los árboles comienzan a desnudarse, una hora antes (ya casi de noche) y en un espacio no demasiado acogedor para lo que él creo que se merece. La diferencia fundamental de estos dos encuentros soy yo, o más bien dicho mi actitud ante éstos.
En el primero estaba muy nerviosa y me parecía increíble estar delante de quien tanto me había hecho viajar y de una de las personas que no me cansaría de leer nunca. LLegué tarde y la chica de seguridad me dijo que no podía dejar pasar a nadie pero después de insistirle mucho y de mostrarme como una fanática sin más futuro que ese encuentro me dejó pasar y estuve en primer fila. Noté como él nos miraba a mi amiga y a mí quizás extrañado por nuestra edad en un acto donde la media estaría cerca de los 50 años. Por un momento imaginé que esa escena pudiera llegar a pertenecer a uno de sus libros e imaginé qué descripción haría él de mí, qué rasgos llamarían su atención y cuál sería la trama del libro que nunca llegará a escribirse. La idea que más me gustó fue precisamente esa, que nunca llegará a escribirse. Después de su intervención le pedí a su asistente que me firmara “El desorden de tu nombre” uno de los libros que más me gustan y él al vernos dijo ” ¡cómo no si me ha obnubilado su presencia!”. Probablemente sea la única frase referida a mí que oiga de su boca, pero para ser ésta la única no está nada mal. De este encuentro recuerdo cuando cerca de la valla que encierra al Palacio de la Magdalena le ví alejarse en un taxi.
El segundo encuentro sin embargo fue más sencillo. Fuí allí pero mi actitud era completamente distinta, me apetecía mucho verle y disfruté con todo lo que dijo pero sentí que en cierta parte ya le conocía. Entre él y yo sólo nos separaban unos metros. Mi primer encuentro me hizo ver que los mitos que nosotros creamos tienen la altura que queremos otorgarlos y aunque muchas veces creemos que subirles en un altar es muestra de adulación lo que provoca es el efecto contrario. Seguramente si le preguntara a Millás con cuál de los dos encuentros prefiere quedarse me diría que con el segundo, estoy segura que huiría de esa admiración en ocasiones con carácter divino. Así que esta última vez aunque por un momento pensé decirle que era yo la que fue a verle a Santander al final decidí no hacerlo porque prefiero que me recuerde como dos personas distintas.
Muchas veces he pensado cómo sería ser un personaje de los que escribe Juan José Millás pero ahora perfiero pensar cómo sería él como personaje dentro de una novela, quizás mi propia vida.